Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Sánchez Garcia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Sánchez Garcia. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de julio de 2016

DOÑA ELENA Y LA VENGANZA DE BOLÍVAR. Por: Antonio Sánchez García @sangarccs



DOÑA ELENA Y LA VENGANZA DE BOLÍVAR

Antonio Sánchez García | julio 22, 2016
No son los tiempos de Gómez ni de Cipriano Castro. Ni muchísimo menos los de Joaquín Crespo y Antonio Guzmán Blanco. Yo aspiro, en honor a la modernidad que nos adeudamos, ver a toda la familia Chávez Frías, hasta su última descendencia, presos, juzgados y condenados. Negándoles una justicia del honor la casa por cárcel que le niegan a sus presos políticos. ¿Será posible? La esperanza es lo último que se pierde. Aún no la he perdido.
Antonio Sánchez García @sangarccs

            A las frenéticas indigestiones causadas por el consumo del chile jalapeño, las enchiladas y el pozole, que suelen pillar desprevenido al turista que visita ese país asombroso llamado México, los naturales le llaman, entre sarcásticos y compasivos, “la venganza de Moctezuma”. Ellos, que mantienen una relación cordial y respetuosa con la muerte, saben que en el trasfondo de los pueblos late el fantasma de la venganza. Pronto a caerle a saco a aquellos que lo traicionaron o se burlan de sus afanes.

            Me provoca imaginar que desde aquel ominoso circo del esperpento montado por el insolente mayor de la tribu, Hugo Chávez, el piache que vino de los cuarteles a hundirle el puñal por la espalda a la Venezuela civilizada, cuando provocando a los espíritus malignos descerrajó la urna sagrada del primer venezolano para hacer con sus silenciosos despojos, olvidados de tanto frenético empeño por convertir el plomo en oro,  lo que la magia negra afrocubana del gran piache, Fidel Castro, le aconsejara desde La Habana: beber la esencia que aún le quedara en la poca médula de sus huesos, fumarse el raspado de sus fémures y costillas, y apoderarse de la grandeza ilusoria que reposaba en silencio en lo oscuro de ese mínimo recinto por décadas inviolado, como Indiana Jones creía posible obtener el mágico poderío de Moisés apoderándose del arca perdida.

            Ni la idea ni el esfuerzo son inéditos. Nadie ha podido aclarar científicamente la famosa maldición de Tutankamón. Todos quienes participaron del descubrimiento de su tumba, en el Valle de los Reyes – la visité en plena guerra de Yom Kipur – murieron en extrañas circunstancias. Como Hugo Chávez, que parece haber pagado con su vida y esa muerte nunca jamás aclarada – como un paria que el destino se empeñó en deshacer – por el insólito atrevimiento de jorungar al muerto más importante de la república.

            Ahora el turno le tocó a su hermano Aníbal. Muerto aviesamente de esta enfermedad inaugurada por su hermano, el “chavismo”, esa catastrófica herencia dejada en su abandono por el último caudillo. En su caso: verse obligado a tragar comida descompuesta, que compuesta “no hay”; carecer de medicinas para enfrentar la salmonella que le asaltara en desmedro de los miles de millones de dólares de su familia – robada de las arcas fiscales como una suerte de salmonella política y criminosa – que medicinas “tampoco hay”; y sin asistencia sanitaria “veraz y oportuna”, que obviamente “no hay”. En el colmo del desatino y la impostura, que la doña es la última costra de esa maldita lacra hereditaria llamada caudillismo militarista, reclama su madre no porque no hay alimentos, medicinas ni hospitales, por culpa exclusiva de su parido, maltratado hijo y hermano del infortunado neo fallecido, sino porque el gobierno de su nieto putativo no lo mandó en volandas a La Habana.

            ¿Olvidó la doña que la desgracia mayor de su familia, insignificante en comparación con la de treinta millones de venezolanos, fue provocada y llevada a su culminación precisamente en el CIMEQ de La Habana? ¿Olvidó la doña que salió de su cocina, con lamparones de manteca de cerdo en su delantal pringado de tanto freirle baranda a su desdentado esposo, para irrumpir en las páginas de la revista ¡HOLA! de peinado señorial, con anteojos Gucci, rolex de oro, collares Cartier, foulard Carolina Herrera y perrito frifrí, que La Habana ha sido el mortal destino de todos los castrochavistas que han preferido la medicina cubana a la criolla y democrática?

            Sorprende que doña Elena Frías culpe a Maduro por no haberle puesto al señor Aníbal Chávez Frías un avión de PDVSA para llevarlo a morirse, como su otro hijo, bajo cielos martianos y no le reclame a su nieta María Gabriela por no haberle alquilado a su tío, desde Nueva York, un súper Jet para llevárselo a la mejor clínica newyorkina. O ella misma, la madre del occiso. ¿O vendrá con el cuento de que ella carece de los medios como para haberlo auxiliado? ¿Son tan roñosos ella y los suyos como para que, después de haber saqueado miles de millones de dólares de los dineros de la República y haber montado ese Falcon Crest barinés, sigan endosándole al Estado las cargas de sus iniquidades?

            No son los tiempos de Gómez ni de Cipriano Castro. Ni muchísimo menos los de Joaquín Crespo y Antonio Guzmán Blanco. Yo aspiro, en honor a la modernidad que nos adeudamos, ver a toda la familia Chávez Frías, hasta su última descendencia presos, juzgados y condenados. Negándoles una justicia del honor la casa por cárcel que le niegan a sus presos políticos. ¿Será posible? La esperanza es lo último que se pierde. Aún no la he perdido.



viernes, 8 de mayo de 2015

Machurucuto: la puerta a la tragedia. Por: Antonio Sánchez García. @sangarccs



Antonio Sánchez García

Machurucuto: la puerta a la tragedia

@sangarccs

Así un observador del amargo y desventurado país que hoy somos no lo crea, Venezuela fue un día feliz, sus habitantes eran orgullosos, sus políticos llamaban la atención por corajudos y sus militares eran honestos, valientes y patriotas. 


Aunque usted no lo crea, nadie debía esforzarse por convencer a sus ciudadanos de presentarse a depositar su voto. El 1963, cuando cinco años después de salir de la dictadura del general Pérez Jiménez con la insurgencia de un pueblo verdaderamente amante de la libertad se realizaron por segunda vez las elecciones presidenciales – nunca amañadas, nunca falsificadas y nunca arrebatadas a un venezolano por un agente extranjero – la participación popular alcanzó el 93%. A pesar de que comunistas y miristas habían llamado a abstenerse y habían intentado boicotearlas con el respaldo en dinero y armas de la tiranía cubana.
   
Ya por entonces el odio de las tiranías al profundo espíritu libertario de nuestro pueblo y su orgullosa élite política había intentado asesinar a nuestro presidente y alebrestar los cuarteles. Las calles de Barcelona y de Puerto Cabello habían visto derramarse la sangre de nuestros soldados por la traición de quienes habían sido seducidos por el mensaje disociador del marxismo leninismo para terminar entregados en brazos del castrismo.
            
Fuimos el único país latinoamericano odiado mortalmente por Fidel Castro desde el nacimiento mismo de su revolución. A pesar de la ayuda en dinero y en armas con que los demócratas venezolanos aportaran a la lucha de liberación de su pueblo contra la dictadura batistiana. Fuimos el único país invadido por soldados cubanos en odioso contubernio con ciudadanos venezolanos dispuestos a sacrificar nuestra soberanía para rendirse a la tiranía cubana. 

Este ocho de mayo se cumplen 49 años de la invasión a nuestro país por un grupo de militares cubanos con guerrilleros venezolanos, entrenados, armados y financiado por Fidel Castro en territorio cubano con el fin de sumarse a un amplio movimiento insurreccional, ya reforzado por otro comando de militares cubanos que invadieran nuestra Patria por las costas de Falcón un año antes, y asaltar el poder en un poderoso movimiento armado que pretendía repetir los hechos de la guerra cubana y el asalto al Poder que terminara en el triunfo de las tropas de Fidel Castro y el Ché Guevara. Por cierto, en esa primera avanzada invasora el mando del comando estaba a cargo del comandante Arnaldo Ochoa Sánchez, el futuro héroe de Ogadén fusilado por Castro junto a Tony de la Guardia el 13 de julio de 1989.

El fracaso de ambos desembarcos y la derrota en el terreno bélico y político fue tan determinante, que esos invasores debieron retirarse con la cola entre las piernas, enfermos, humillados y vencidos. Y sus aliados nativos dejar las armas sin gloria ni majestad. Héroes en su patria y en otros campos de batalla, esos comandantes cubanos fueron aplastados en nuestro suelo de manera inclemente por unas fuerzas armadas decididas a defender nuestra soberanía con el fervor de su espíritu y el valor de su sangre. Los invasores no se destacaron en un solo hecho de guerra. No hicieron más que cometer crímenes y asesinatos a mansalva. Aumentando así el odio y el rencor de quien no perseguía otro propósito que apoderarse de nuestro petróleo y utilizar nuestro territorio como plataforma para sus delirios expansionistas y sus trasnochados sueños imperiales. Fidel Castro fue arrastrado por los suelos por Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, al frente de soldados, marinos y aviadores comprometidos en cuerpo y alma con la República. Por ellos y para ellos, la Patria no se humillaría ante un invasor extranjero. Mucho menos si procedente de una república tiránica y empobrecida, consumida en el fuego devastador de la fiebre castrocomunista. Rómulo Betancourt derrotó a Fidel Castro en el terreno político, en el terreno militar y en el terreno diplomático. El odio contra Venezuela adquiriría en él dimensiones homéricas.


Sin disparar un solo tiro ni poner un solo soldado cubano en suelo venezolano, cuatro décadas después Fidel Castro vería satisfechas sus ansias de posesión  y cumplidos sus deseos de humillar, devastar y saquear a nuestra Patria como si fuera territorio vencido. Y poner de rodillas a sus soldados, líderes y dirigentes, hombres y mujeres como si hubiera sido una tierra arrasada en el campo de batalla por un feroz ejército invasor.
           
Escribí según el relato de uno de esos guerrilleros derrotados en el campo de batalla – el comandante Héctor Pérez Marcano - los hechos de la segunda parte de esa invasión, la de Machurucuto - La invasión de Cuba a Venezuela dando suficientes elementos de juicio para intentar comprender los hechos y sus consecuencias, las causas, motivaciones y su desenlace. Al hacerlo, quise comprender las razones que habían llevado a un hombre vulgar, sin mayores atributos y sin valores excepcionales, mediocre y sin genialidad estratégica alguna, así como, desde luego, sin los menores escrúpulos ni patriotismo de ninguna naturaleza a quebrarle el espinazo al Estado venezolano, a poner de rodillas a sus fuerzas armadas, a engañar y seducir a su pueblo a extremos verdaderamente insoportables, a castrar todo ímpetu liberador de su clase política y a rendirse en todos los planos con alma, corazón y vida al tirano cubano. Al extremo de que Venezuela dejó de ser la República que fuera para convertirse en una vergonzosa satrapía, sin voluntad ni destino.


Desde luego, un accidente histórico tan monstruoso y de tamaña envergadura, sucedido a vista y paciencia de todos los poderes fácticos venezolanos y latinoamericanos, en la apatía y el absoluto silencio de la comunidad democrática internacional, no tiene otra explicación que la insólita pérdida de identidad de una Nación desorientada y a la deriva, la grave crisis de todo orden que sacude a Occidente, la pérdida de solidaridad ante el sufrimiento de un pueblo sometido a la humillación, la persecución y el escarnio y el descarado oportunismo que acosa a las principales potencias y a la comunidad histórica de América Latina. Asistir al hundimiento de la democracia venezolana, a la profunda corrupción de sus élites, al extravío moral de sus hombres y mujeres, a la incuria de sus autoridades y la perversión de sus ejércitos, aprovechando de paso para extraer beneficio de tan insólita tragedia, da cuenta de que la tragedia venezolana no sucede por azar ni será superada con un simple acto electoral.

           
Machurucuto, la ofensa a la dignidad nacional que hoy recordamos, abrió las puertas a una catástrofe. Estamos muy lejos de haberla superado. Dios nos ayude a lograrlo.

FUENTE: EL NACIONAL

ILUSTRADO POR: Alberto Rodríguez Barrera. 

REMITIDO POR:  Maximiliano Hernández Vásquez / UN 8 DE MAYO DE 1967: MACHURUCUTO: LA PUERTA A LA TRAGEDIA. 


lunes, 27 de abril de 2015

EL GOLPE MILITAR. Por: Antonio Sánchez García @sangarccs


EL GOLPE MILITAR


Antonio Sánchez García
 @sangarccs

“Toda dictadura es oprobiosa y deprimente, porque representa a una minoría entronizada por la fuerza en el poder. Todo régimen dictatorial, para mantener su inestable equilibrio, debe recurrir a métodos de barbarie que angustian al espíritu ciudadano y repugnan a las conciencias limpias.”
General Carlos Prats González, Memorias. [1]

            Una cosa es la teoría y otra, muy distinta, la práctica. Que a los mil días del establecimiento del gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular el proceso se había estancado en un callejón sin salida, que estábamos al borde de un golpe de Estado que se aproximaba a pasos agigantados, posiblemente no hubiera nadie en Chile que lo dudara. Hay momentos en que el reloj de la historia se detiene y la vida se mueve como en cámara lenta. Para precipitarse en horas y reventar ante nuestros espantados ojos de un instante al otro. Pero como solemos reaccionar ante las catástrofes cantadas e inminentes, el comportamiento natural impulsa a cerrar los ojos y esconder la cabeza. Es el síndrome del avestruz.

            Allende estaba solo. A pesar de la masiva movilización de respaldo que se dirigió a La Moneda el 29 de junio de 1973, ante el globo de ensayo del golpe de Estado para el que faltaban exactamente setenta y cuatro días, frustrado entonces por la intervención en contrario de Augusto Pinochet, la llave de seguridad de un gobierno asediado que se sostenía con alfileres. Todos hicimos como que la amenaza letal había sido conjurada, todos aclamamos a Allende sin comprender que ya estaba rodeado de una inmensa soledad, todos aplaudimos al general Prat y al general Pinochet, aquel condenado a muerte ya por entonces y el otro elegido por los dioses para la gran traición. Cosa que entonces nadie, absolutamente nadie sabía. Ni siquiera los protagonistas. Todos volvimos cabizbajos, llenos de siniestras premoniciones, a mal dormir esa y las setenta noches siguientes.

            En esos setenta y un día la vida de todos los chilenos quedó suspendida, en vilo, como detenida en el espacio y el tiempo por un conjuro. El golpe se había hecho inevitable. El gobierno de Salvador Allende no daba para más: estaba exangüe, exhausto, agotado. Allende había jugado todas sus cartas. La última era impensable e irrealizable: la renuncia. Los más ingenuos, los más impacientes, entre los que me contaba, creíamos que podía ser evitado empujando hacia el abismo. Aceitando los cachivaches con los que creíamos que podíamos enfrentar a un ejército profesional y perfectamente consciente del papel que le correspondía en la tragedia: ser la implacable fuerza de choque del tirano.

Los más conscientes, obviamente los más pesimistas, intentaban vanamente  darle los últimos alientos a Salvador Allende, el mártir, buscando desesperadamente pero sin asomar su angustia una hendidura, un paso que diera a una salida honorable: rendirse pero mediante la democrática expresión de un plebiscito. Cuando en su último encuentro, el 8 de septiembre, le comentó al general Prats que en pocos días llamaría a un Plebiscito, que sabía perdido, éste le comentó con sorprendida amargura: “Perdone Presidente, usted está nadando en un mar de ilusiones. ¿Cómo puede hablar de un plebiscito, que tardará 30 o 60 días en implementarse, si tiene que afrontar un Pronunciamiento Militar antes de diez días?” (Ibid, pág. 510.). Sucedió, pero en tres días. Setenta y dos horas.

El pueblo estaba como atragantado. Ni preparado ni dispuesto para iniciar una guerra civil, la única verdadera preocupación del príncipe mártir y del tirano al acecho. El mártir, porque era consciente del devastador poder de fuego de la reacción: fuerzas armadas compactas y verticales, absolutamente unánimes, poder judicial sin hiatos legitimando la intervención, parlamento, empresariado, clase dominante, medios de comunicación cónsonas en que había llegado la hora de las armas. El tirano, porque le temía al poder devastador del pueblo, si está dispuesto a guerrear por sus derechos. Y él sabía que el respaldo popular de Allende, así no fuera mayoritario, estaba intacto y que tras suyo había esperanzas y un auténtico convencimiento. Lo que no sabía era que Allende ya había tomado la decisión más trascendental de su vida: sacrificar su vida en aras de evitar una tragedia, suicidarse a cambio de la paz, seguro de que el futuro se abriría en grandes alamedas, como lo comunicara al comprobar la verdadera y devastadora dimensión del golpe de Estado, en su última alocución:  En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor. Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta Patria. Caerá un baldón sobre aquellos que han vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra... rota la doctrina de las Fuerzas Armadas. El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor.” Pocas horas después demostraría ser un hombre de palabra, un hombre cabal: se quitaba la vida.
            Escuché ese discurso poco después de las 8 de esa mañana, mientras me dirigía al centro de investigaciones socioeconómicas de la Universidad de Chile, en donde trabajaba. Me quedó absolutamente en claro que no había nada que hacer, que el temido golpe de Estado por fin se estaba produciendo, que el monstruo había tomado su gran decisión. Allende había sido claro y explícito: prefería ser acribillado en La Moneda o quitarse la vida antes que rendirse. Pero sabiendo la inutilidad de toda resistencia recomendaba mantenerse en los sitios de trabajo o regresar a los hogares. Era el gran estadista al final del camino. Poco después, sus cuatro edecanes le harían saber que las fuerzas armadas actuaban absolutamente unidas y bajo un mando único, lo que hacía inútil cualquier resistencia. Ante el asalto de un comando del ejército al palacio de gobierno, inmediatamente después del bombardeo, ordenó a los suyos retirarse sin hacer resistencia y se disparó una ráfaga de su fusil ametralladora bajo la barbilla.
            Hoy, a cuarenta y dos años de esa tragedia, me atrevo a afirmar que salvo los generales a cargo de la operación y los comandantes de fuerza, muy pocos sospechaban en Chile la extensión, la profundidad, el alcance y el proyecto de país que se escondía detrás del golpe. Y que nadie, salvo posiblemente el último en adherir a la conjura, Augusto Pinochet, sabía de los verdaderos plazos y perspectivas que lo animaban. Sólo los más afiebrados de entre los ultra derechistas, aquellos que conminaban a un Jakartazo, tenían conciencia de lo que se nos venía encima a los chilenos. Los civiles de todos los sectores – empresariales, académicos, eclesiásticos, políticos - que se habían opuesto al proyecto de la Unidad Popular esperaban retomar el control del país y devolver las fuerzas armadas a sus cuarteles tras recuperar el control de la situación. Con los menores costos en pérdidas de vidas humanas imaginable. Finalmente, y en términos estrictamente políticos, el gobierno de Salvador Allende apenas traspasaba la barrera del 40%. La inmensa mayoría del país quería volver a la normalidad y terminar por darle un portazo a la catástrofe. La inestabilidad era insoportable, la odiosidad y el ambiente bélico eran inaguantables, la extinción de toda perspectiva de futuro. intolerable, la inflación y el desabastecimiento de los bienes más esenciales – la leche, el pan, la carne, los medios de higiene, la gasolina, los repuestos - habían alcanzado cotas hasta entonces inéditas y pronto los chilenos no tendrían literalmente qué comer, cómo sobrevivir ni a qué dedicarse. Estábamos tocando fondo. Por primera vez en nuestras vidas. Pinochet confesaría más tarde que al ver la desesperación de las colas supo que el golpe se había hecho inevitable.

            Al mediodía del 11 de septiembre esas divagaciones sobre la naturaleza del golpe habían sido despejadas. El cruento, quirúrgico y demoledor bombardeo a La Moneda por tierra y aire que posiblemente nadie esperaba terminó por aclarar las cosas: eso era un golpe. Eso era el golpe. Imponer manu militari el orden, acorralar, perseguir, aprehender, encarcelar y asesinar a todos aquellos que pretendieran oponerse mediante acciones concretas a las decisiones de la Junta Militar de Gobierno. Con la mayor eficacia, la mayor profundidad, la más absoluta radicalidad y en el menor tiempo. Erradicar las pretensiones socialistas del corazón y la mente de los chilenos, acabar con partidos y militantes que las animaban, volver a imponer la disciplina, el acatamiento, la obediencia al poder político militar que venía a rescatar la institucionalidad republicana. Y liquidar cualquier pretensión en contrario. Una guerra abierta y declarada, letal y fratricida contra cualquier veleidad marxista leninista. Una guerra que impondría sus propósitos, siguiendo con la mayor fidelidad los principios republicanos asentados en el Escudo Nacional con una clara, sencilla e inequívoca voluntad de poder: POR LA RAZÓN O LA FUERZA. Ante el horror desatado y para él incomprensible, escribe el general Prats la misma noche del golpe: “Por qué los demócratas sinceros del gobierno y de la oposición no fueron capaces de divisar el abismo a que se precipitaba el país?”. Por una muy sencilla razón: Dios ciega a quienes quiere perder.  

            Marx, en uno de sus más brillantes escritos políticos, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, parafraseó la famosa frase de Hegel según el cual la historia se repite, agregando sin ningún sarcasmo que si el original era una tragedia, su repetición solía ser una farsa. Si transcurridos los mismos mil días de gobierno que condujeran en Chile a la tragedia del 11 de septiembre de 1973 se produjo en Venezuela lo que, lejos de toda verdad irrecusable algunos consideran un golpe de Estado, ese, el del 11 de abril de 2002 habría sido en cuanto supuesto golpe de Estado,  sin duda ninguna, una farsa. Como también ha terminado siéndolo esta sedicente revolución bolivariana, farsesca comedia convertida en satrapía de la revolución cubana. No obstante lo cual cabe preguntarse por nuestro desenlace: ¿cómo y cuándo llegará a su fin esta pesadilla?

            Es la angustiosa pregunta que todos nos estamos haciendo.

                       

domingo, 20 de enero de 2013

Willie Colón y Willy Cochez. Limpiando el rostro de un continente extraviado . Por: Antonio Sanchez García.

 
Limpiando el rostro de un continente extraviado 
Por: Antonio Sánchez García
Domingo, 20 de enero de 2013

Es cuando en medio de esta inmoralidad innominada salen las voces de Willie Colón y Willy Cochez a poner los puntos sobre las íes. Un gesto inolvidable que enciende una lucecita de esperanza

Conozco a Willie Colón desde que grabara CARIBE junto a Soledad Bravo, del que fue su productor musical y yo el productor ejecutivo, hace 30 años. Un trabajo conjunto que se prolongó por tres largos meses y nos permitió conocernos y entablar una relación respetuosa, cordial y amistosa. Willie Colón es un hombre sencillo, humilde, de raíz popular, tímido, franco y directo, sin presunciones artificiales, falsos devaneos intelectuales ni pretensiones literarias. Ni muchísimo menos políticas. Pero inmensamente talentoso, creativo, original y honesto. Un hombre capaz de sacrificar la fama, el poder y la gloria por defender sus ideas. Y de responder con generosidad al respaldo que se le haya brindado.
Sin su inmensa creatividad y su empuje no hubiera surgido ese impactante movimiento musical que le dio voz y figura a la presencia latina en los Estados Unidos. Esa salsa brava que vino a conmover el desarraigo de esos barrios broncos de las grandes ciudades norteamericanas - de Nueva York a Chicago y de San Francisco a Los Ángeles - y que pudo competir con el rock en influjo y definición de una cultura propia, que recogía sus acentos de los suburbios portorriqueños y dominicanos, panameños y cubanos, para conquistar luego las barriadas populares primero del Caribe y luego de toda Suramérica. Para llegar a Europa y al resto del mundo. En el principio de ese vasto y conmovedor movimiento cultural estuvieron esos dos muchachos del Bronx, rebeldes, desenfadados, sencillos y corajudos que fueron Willie Colón y su compañero Héctor Lavoe, al que lo unió una auténtica hermandad.
altAl embajador panameño Willie Cochez lo conocí en un viaje que realizamos a Washington con Ismael García, Juan José Molina, Wilmer Azuaje, Milos Alcalá y Mauricio Poler, con el fin de denunciar los sistemáticos abusos y violaciones a los derechos humanos que cometía el régimen de Hugo Chávez contra una oposición acorralada, indefensa y desasistida por una comunidad internacional absolutamente indiferente a lo que sucedía en el país que, contradictoriamente, mayor generosidad y respaldo mostró frente a casos similares en el pasado de la región, tanto de los países centroamericanos dominados por añejas dictaduras caudillescas como las terribles dictaduras militares de los países del llamado Cono Sur. E incluso de la España franquista.
Acababa de triunfar en Panamá el presidente Ricardo Martinelli y todo el mundo alababa su sabiduría en la escogencia y nombramiento de Willy Cochez, como le conoce todo el mundo, para un cargo tan delicado como el de ser su Embajador ante la OEA en un momento tan difícil como el que atraviesa la región. Un hombre de inocultable reciedumbre democrática, de ideología socialcristiana, amigo y compañero no sólo de los socialcristianos venezolanos, sino de toda su clase política, habiendo vivido largos y muy fructíferos años de su vida en Caracas. Era, pues, una escogencia inteligente y apropiada para un foro que se vería enfrentado a difíciles situaciones. Tal cual se demostraría luego, no sólo con el caso de Venezuela, sino de Honduras y Paraguay. Agudizada su gravedad por la insólita injerencia de Brasil y Cuba, aliados con la Venezuela chavista en un proyecto de dominación continental que sigue los lineamientos establecidos fundamentalmente por Fidel Castro y Lula da Silva a través del instrumento continental creado a tal efecto, el llamado Foro de Sao Paulo. En el que confluyen todas las organizaciones de la extrema izquierda castrista, incluidas las guerrillas narcoterroristas. Esta vez, y por primera vez en su historia, apoyadas por gobiernos abierta o tendencialmente dictatoriales, como los de Bolivia, Ecuador y Nicaragua, o subrepticiamente cónsonos con la vocación injerencista del castrismo cubano, como Brasil, Uruguay y Argentina. Y a los que se uniría la Hondura de Zelaya y el Paraguay de Fernando Lugo. Todos los cuales creen compatible el respeto y la subordinación a sus estructuras democráticas en lo interno, y el respaldo al expansionismo castrochavista en lo internacional. En el caso del Brasil, tras un proyecto imperial de muy difícil explicación.
Por primera vez en la historia de América Latina, un proyecto de dominación continental, de naturaleza caudillesca, militarista y dictatorial, de esencia antidemocrática y antiliberal y, enmascarada en un neo socialismo populista, amalgamaba a la izquierda marxista de la región. Con un nuevo proyecto, nuevos actores, un nuevo discurso y el inmenso poderío financiero brindado por un gobernante desequilibrado, irresponsable, mesiánico y delirante, capaz de encender las hogueras de la conspiración, la desintegración y el caos con el uso de sus inmensas reservas petroleras. Sin la menor consideración a las nuevas coordenadas de la política mundial, visto el fracaso estrepitoso de los llamados socialismos reales. Pero ante la absoluta indiferencia, la apatía e incluso la silente o sonora complicidad de gobiernos indudablemente democráticos, como los de Chile, Perú, Colombia, México o Costa Rica. Un caso digno de Ripley.
Escribo sobre Willie Colón y Guillermo “Willy” Cochez, porque desde ámbitos tan distantes y aparentemente desconectados como la diplomacia y el espectáculo han irrumpido volcánicamente en la adormecida opinión pública latinoamericana para llamar la atención sobre un caso insólito y rocambolesco: el de un presidente de una república supuestamente constitucional y democrática que desaparece de la faz del planeta, se somete en La Habana a una gravísima cuarta operación quirúrgica para paliar los espantosos dolores de un cáncer terminal, cae en el misterio más insaondable hasta desatar los más estrambóticos rumores, se ve imposibilitado de asistir a su juramentación como nuevo presidente de la República y su partido y las instituciones por él controladas deciden, violando todos los preceptos, leyes y tradiciones aceptadas y reconocidas en el mundo entero, autorizarlo a permanecer ausente tanto tiempo como el que sea necesario para su recuperación – sin especificar plazos -, reconociéndole su legitimidad de manera automática y amañando unos nombramientos que transgreden todo el ordenamiento constitucional de la República. Convertida, por ese desconcertante e inédito procedimiento, en una realidad farsesca, comediante, írrita y, naturalmente, dictatorial y avasallada. Toda vez que los verdaderos amos políticos de esa nueva Venezuela, como lo ha subrayado con valentía el embajador Cochez en la OEA, son el dictador cubano Raúl Castro y su jefe de seguridad, el policía Ramiro Valdés.
Esta usurpación, digna de una tragicomedia de Valle Inclán, no pudo menos que llegar a la OEA, el foro de natural competencia para discutir estas aberrantes anormalidades. Es cuando luce el descaro, por no decir, el inmoral caradurismo de su Secretario General y la ominosa complicidad de todos los países miembros. Que la consideran tan lógica como una lluvia de salamandras o un concierto de alpargatas. Es cuando en medio de esta inmoralidad innominada salen las dignas voces de Willie Colón y Willy Cochez a poner los puntos sobre las íes. Un gesto inolvidable que enciende una lucecita de esperanza en un continente sumido en la corrupción, la alcahuetería y la desesperanza.
sanchezgarciacaracas@gmail.com

FUENTE: Analitica.com

jueves, 20 de octubre de 2011

MUERTO EL PERRO…Por. Antonio Sánchez García


Chávez y su régimen, lastrado con el agobiante y costoso peso de la tiranía cubana y responsable por el mantenimiento de ficciones como las de Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa no tienen la más mínima posibilidad de sobrevivir más allá de los torpes coletazos que hoy sufrimos. De los cuales, en rigor, más responsable es la propia oposición, miope ante los desafíos históricos de la modernidad y empeñada en seguir el juego mezquino y aldeano a que la obliga la tiranía.


Antonio Sánchez García
MUERTO EL PERRO…

             Cayó el telón de una de las películas de terror más largas de la historia: Muammar Gadaffi ha muerto este 19 de octubre de 2011, en Sirte, la ciudad donde naciera un 7 de junio, hace 69 años, tras cuarenta y dos de férrea dictadura. Con él se cierra el primer ciclo de uno de los años más tormentosos y sangrientos de la historia contemporánea del mundo árabe, que en el curso de unos pocos meses ha visto caer inesperadamente las dictaduras de Túnez, Egipto y Libia bajo la furia de un vasto movimiento de rebelión popular, mientras Siria y Yemen se tambalean a un paso del abismo.

                Imposible olvidar que este ciclo sangriento que sacude al mundo árabe comenzó con la derrota, la persecución y la muerte en la horca de Sadam Hussein, una de las figuras emblemáticas del caudillismo militarista musulmán. Para encontrar un colofón sangriento en la reciente captura y asesinato del líder de Al Qaida, Osama Bin Laden. Y que por ahora ninguna de las dictaduras del mundo árabe – como del resto africano -, se encuentran a resguardo. Pende, por sobre todas ellas, la amenaza de la rebelión, la guerra civil, la caída de sus tiranos y el intento, por ahora frágil y aún demasiado inestable, como lo demuestran las dificultades por instaurar un régimen democrático en Egipto, por construir en los espacios vaciados de sus viejos sistemas de dominación salidos de la liberación colonial, regímenes auténticamente democráticos, basados en economías de mercado, separación de poderes y estados de derecho.

                   Era previsible. Pues la rebelión tunecina y su inmediato eco en el Egipto de los faraones hicieron ver desde sus comienzos que no se estaba ante un fenómeno circunstancial, delimitado en el tiempo y constreñido a una sola nación. Era, como lo señalamos desde sus inicios, la crisis global de un sistema de dominación emergido de la caída del colonialismo francés y británico, que diera paso a regímenes autoritarios y personalistas amparados en las propias potencias coloniales.

           Bastó que los aires de renovación impuestos por la globalización de las economías y sus efectos sobre la universalización telemática con el fulgurante despliegue de la red informática se hicieran realidad a todo lo largo y ancho del planeta para que los anhelos democratizadores y los afanes de participación directa de las mayorías en la vida pública de las respectivas naciones – ahora meras provincias de la llamada aldea global metaforizada por Marshall MacLuhan - encontraran suelo fértil en naciones agotadas por dictadores estériles, extravagantes y ya trasnochados, como Gadaffi. En muchos aspectos junto a Hussein la figura emblemática del último medio siglo de cultura política en el mundo árabe.

              Contrariamente a lo sostenido por la crítica antropológica y cultural marxista de los años sesenta, todavía hoy imperante en los cuarteles de la subcultura marxista leninista, el “imperialismo” de las imágenes y sus mensajes, así como el dominio universal del american way of life, acompañados por el inextricable entretejido de la dependencia económica de las naciones, no se tradujo en el sometimiento de las sociedades subdesarrolladas, sino en la potenciación de sus economías, en el afán de progreso, bienestar y prosperidad de las mayorías y en la presión por la democratización de sus sistemas políticos. Imposible no advertir en los dramáticos sucesos del norte africano, que se extenderán inevitablemente como una mancha de aceite por el resto del continente empujando un tsunami democratizador, una señal inequívoca de los nuevos tiempos. La época de las dictaduras propias del subdesarrollo está llegando a su fin en el mundo. Como por cierto el subdesarrollo mismo, como lo demuestran las prósperas economías del sureste asiático y el despertar de nuevas potencias económicas regionales, desde China a Brasil y desde México a Chile.


            Es lógico y natural el desconcierto y la desesperación de quienes, como el teniente coronel Hugo Chávez, son reflejos y coletazos de formas moribundas de dominio. Como el caudillismo militarista latinoamericano y la ideología del fantasmagórico socialismo del siglo XXI. La postiza hermandad entre Chávez y los tiranos africanos como Mugabe o Gadaffi, y la alianza contra natura del gobierno de una nación cristiana profundamente vinculada a la cultura sociopolítica occidental como la venezolana con una teocracia islamista medieval y retardataria como la de Irán, están irremediablemente condenados a su desaparición en el corto plazo. Chávez y su régimen, lastrado con el agobiante y costoso peso de la agónica tiranía cubana y responsable por el mantenimiento de ficciones como las de Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa no tienen la más mínima posibilidad histórica de sobrevivir más allá de los torpes coletazos que hoy sufrimos. De cuya persistencia en el tiempo, en rigor, más responsable es la propia oposición venezolana, miope ante los desafíos históricos de la modernidad, prisionera de trasnochados esquemas de gobierno y empeñada por seguir el juego del peso de la noche. Si comprendiera y asumiera la responsabilidad que la historia le demanda, de abrir con valentía los ventanales que enturbian nuestro ambiente para dejar salir los prejuicios y permitir que fluya la verdadera corriente modernizadora de los tiempos, el régimen se derribaría como un castillo de arena. Pero por lo visto, más que a la responsabilidad moral ante el futuro estamos sometidos a la tortuosa y oscura manipulación de las encuestas.
            
¿Nos abriremos al futuro? Sobrevive la duda. También la esperanza.

Remisión: Alberto Rodríguez Barrera

ENLACE DE PUBLICACIÓN: Noticiero Digital

martes, 17 de mayo de 2011

Decadencia y caída de la V República // Por: Antonio Sánchez García



Decadencia y caída de la V República


Escrito por Antonio Sánchez GarcíaMartes 17 de Mayo de 2011 14:47
Cuando a pocos meses de su caída Adolfo Hitler ordena trasladar el Comando Central de las Fuerzas Armadas y la dirección de la guerra a Berlín, a alguno de sus generales del Estado Mayor se le antojó una ocurrencia que el Führer, ensordecido por el atentado del 20 de julio de 1944, no alcanzó a discernir, si bien retrataba con extrema crueldad la inminencia del hundimiento y su propia extinción, consumido y hecho cenizas por el fuego de su locura: "excelente idea la de instalarnos en Berlín"- le señaló a sus compañeros de armas.

"Así podremos desplazarnos del Frente Oriental al Frente Occidental en Metro". Alemania, cuyos dominios un sencillo caporal austríaco había extendido en algunos meses de guerra relampagueante – la famosa Blitzkrieg – miles y miles de kilómetros, desde el Atlántico hasta los Urales y desde el Báltico al Mediterráneo, no alcanzaba por entonces desde el frente del Este al del Oeste más de cien kilómetros de extensión: las tropas de Zuhjov estaban a 50 kms de Berlín. Las de Eisenhower ya amenazaban con llegar a la capital. "Esto se acabó", refunfuñó el Führer, cuando el 20 de abril, hecho un guiñapo, celebraba su quincuagésimo sexto aniversario en su tristemente célebre Bunker del Tiergarten. El delirio del milenario Tercer Reich se había reventado como un pompa de jabón. No duró con vida más de trece años.

Goebbels, más hitleriano que Hitler, no culpó por la debacle ni a los soviéticos ni a los aliados, que en un esfuerzo ciclópeo habían barrido con la ponzoña nazi de un extremo al otro de Europa y el Norte de África. "¿Qué se puede hacer con un pueblo cuyos hombres ni siquiera plantan cara cuando alguien viola a sus mujeres?" recriminaba el Gauleiter Goebbels a sus compatriotas, admitiendo con amargura a sus ayudantes, ese mismo día, que la guerra estaba irremediablemente perdida, no por culpa de Hitler sino porque el pueblo alemán le había fallado". En el colmo del cinismo, el segundo de a bordo quitaba de sobre los hombros del Führer la responsabilidad por el horror de una guerra brutal y descabellada, incluido el espanto del Holocausto:

"Todos los planes, todas las ideas del nacionalsocialismo son demasiado elevadas, demasiado nobles para un pueblo como ese..." reclamó indignado. "Ese pueblo merece el destino que le espera" – concluyó.


Pienso en esas monstruosas declaraciones mientras observo al gobierno de Hugo Chávez atenaceado entre la espada de las FARC y la pared de Walid Makled. Cuando el mundo se desmorona a su alrededor y su sueño de reconstruir la Gran Colombia termina con los cadáveres descuartizados y sanguinolentos de Raúl Reyes y el Mono Jojoy; Correa estrujando a quienes todavía lo respaldan con una avaricia digna de mejor causas para imponer un plebiscito con una escuálida y agonizante mayoría, Evo Morales con menos de un tercio del apoyo electoral que un día tuviera y Ollanta Humala renegando desesperado del incómodo y contraproducente respaldo del teniente coronel para ver si pellizca, por fin, la ansiada meta: pasar de ágrafo y analfabeta golpista militar a la presidencia que un día disputara el más ilustre de sus conciudadanos, el Nobel Vargas Llosa. Repetir, esta vez en el Perú, la lamentable y costosa hazaña de Hugo Rafael Chávez Frías.

Como esos recuentos alucinantes de la propia vida que según algunos acuden presurosos a la conciencia opaca y desfalleciente de los moribundos, Chávez repasará en su obligado descanso sus días de
gloria. Su atropellada y sanguinaria irrupción en los anales de la estulticia nacional a través de una rendija mediática de poco más de treinta segundos; su travesía por el desierto de la soledad de un país cuya racionalidad pendía de un hilo; su mendicidad de una pizca de atención de los medios cuando nadie daba un centavo por sus despojos; hasta el fulgor y la gloria de las elecciones con que una Nación enceguecida y apasionada se entregara en sus brazos, la guasonería con que humillara al tartamudeante anciano que lo juramentara ante una "moribunda Constitución", la insólita sumisión de un Congreso súbitamente enmudecido, la prepotencia infinita con que comenzara a triturar las tradiciones del país que se le rendía inerme.

Chávez, el mismo que hoy se desplaza en muletas y agradece con lágrimas en los ojos la impostura de un negociante de espectáculos que para levantarle el ego y obtener alguna granjería lo engaña
entregándole una guitarra supuestamente autografiada por la chica del calendario, comenzó a vivir los descuentos. Su decadencia motora somatiza su impotencia política. Ya no basta con la seducción de su arrullo, la fantasía de sus palabras, el vigor de sus promesas: ofrece con las manos vacías lo que no construyó con un millón de millones de dólares. Tirados a la estéril rueda de su fortuna. Más provecho le habrán sacado los Kirchner - ese par de estafadores que lo engatusaran -, a los cinco mil millones de dólares que les regaló, que él a los cientos de miles de millones que despilfarró. ¿De dónde sacará los millones que necesita para financiar el último viaje de un tren que ya lo dejó varado en la estación fracaso?

Vivimos el hundimiento de una muy costosa revolución de pacotilla, de una devastadora aventura de impostores, mafiosos y truhanes. De la conciencia de los mejores depende que el país avance con paso seguro hacia el futuro. Llegó la hora de la razón, llegó la hora de la grandeza.

FUENTE DEL TEXTO: Venezolanos en Linea


IMAGENES PRINCIPALES: 

Artículo ilustrado por: Alberto Rodríguez Barrera  

miércoles, 12 de enero de 2011

El problema no es el programa: ¡el problema es el poder! // Por: Antonio Sanchez García

 Antonio Sánchez García  Opinión
Noticiero Digital
El problema no es el programa: ¡el problema es el poder!
 
Lun Ene 10, 2011 5:19 am
Chávez lo tuvo siempre claro. Su problema fue, es y será el Poder. Hoy en día, cuando su Poder está más carcomido que nunca y un gran movimiento popular como los del pasado podría resolver la grave interrogante del Poder, ¿lo saben sus opositores? ¿Tienen claro los partidos, tienen claro sus líderes, tiene en claro la MUD que el único y verdadero problema de la Venezuela de hoy es el Poder? De lo que estamos ciertos, y el artículo de Antonio Pasquali de hoy en El Nacional lo reafirma con claridad meridiana, es que crecen y se fortalecen los sectores de la sociedad civil que comienzan a exigirlo: el problema es el Poder.
 
A Antonio Pasquali
 
A mediados de 1996 se efectuó en una casa de la Alta Florida una trascendental reunión con participación de importantes políticos del amplio espectro opositor al gobierno de Rafael Caldera, entre los cuales aquellos que pretendían ganar las elecciones de 1998 llevando de candidato al teniente coronel retirado Hugo Rafael Chávez Frías. Todos estaban perfectamente conscientes de que el gobierno de Rafael Caldera se encontraba hundido en una crisis aparentemente irreversible, tambaleándose casi al borde del abismo y la opinión generalizada entre los contertulios, reunidos en torno a una suculenta paella encargada por el anfitrión, era que Caldera estaba prácticamente caído.

Razones de elemental discreción me impiden dar a conocer los nombres de los participantes, entre los cuales políticos de la izquierda radical venezolana, periodistas, algún empresario, personalidades de los medios y los dos principales promotores de la candidatura de Chávez Frías: Luis Miquilena y el anfitrión del almuerzo y dueño de casa, José Vicente Rangel. Tema de la reunión: la convocatoria a una asamblea constituyente. Asunto nada nuevo, pues había sido incorporado al programa de la candidatura de Oswaldo Álvarez Paz tres años antes e incluso el mismo Rafael Caldera lo había asomado como medida procedente para carenar el forado dejado en el establecimiento político venezolano por el defenestramiento de Carlos Andrés Pérez. Sin que hasta entonces hubiera adelantado la realización de un proyecto que se consideraba esencial para sortear la crisis. Ante un liderazgo democrático absolutamente desnortado y confundido.

Lo traigo a colación por diversas razones: la primera de las cuales es la similitud de escenarios: un gobierno que 15 años después y tras 12 de ejercicio se tambalea, al borde del abismo. Sin haber logrado resolver la grave crisis estructural que estallara entonces y que ha alcanzado al día de hoy dimensiones apocalípticas. La segunda es porque de todos los participantes de aquella crucial reunión, salvo el teniente coronel, todos o han saltado la talanquera y son próceres de la oposición democrática venezolana, o guardan una equidistante distancia frente al quemante problema del Poder. No faltan, entre ellos, los que quisieran verse encargados de resolver esta otra crisis, infinitamente más grave y compleja que aquella.

La tercera y muy importante es resaltar que faltando dos años del asalto al Poder, la élite que llevaría a Chávez a Miraflores tenía un programa: la Constituyente y, a su través, la refundación de Venezuela. La cuarta es igualmente importante: ese grupo de operadores políticos ya disponía del mascarón de proa de la embestida contra la institucionalidad democrática, el teniente coronel Hugo Chávez. Pero la quinta es la determinante: ese personaje era, de todos los contertulios, el único político práctico de verdad verdad. Lo demostró a la hora de asumir las tareas y repartir responsabilidades, sobre todo la de iniciar la campaña propagandística por la Constituyente.

Encargado de distribuir esas tareas fue Luis Miquilena, quien al llegarle el turno al esmirriado golpista fracasado – no tenía entonces ninguna figuración en las encuestas - le señaló la tarea de presentarse al día siguiente en un programa de opinión en Venevisión, uno de cuyos ejecutivos se encontraba presente y asumió la coordinación de la tarea. “Yo voy y hablo de la constituyente” – me cuentan que dijo Chávez – “pero bajo una condición: ¡pediré la renuncia de Caldera!”.

Lo recuerdo en este momento leyendo la biografía de Hitler de John Toland , quien cuenta que a comienzo de los años 20 el futuro dictador austro alemán – un recién salido del absoluto anonimato de la bohemia y el vagabundaje muniquense - acompañó al general Ludendorf para cooptar un importante líder bávaro del socialismo duro – Georg Strasser, uno de sus posteriores baluartes - y al incomodarse por la pregunta por el programa de su minúsculo e insignificante Partido de los Trabajadores Alemanes le respondió indignado: “El programa no es la cuestión. La única cuestión es el Poder”.

Chávez lo tuvo siempre claro. Su problema fue, es y será el Poder. Hoy en día, cuando su Poder está más carcomido que nunca y un gran movimiento popular como los del pasado podría resolver la grave interrogante del Poder, ¿lo saben sus opositores? ¿Tienen claro los partidos, tienen claro sus líderes, tiene en claro la MUD que el único y verdadero problema de la Venezuela de hoy es el Poder? De lo que estamos ciertos, y el artículo de Antonio Pasquali de hoy en El Nacional lo reafirma con claridad meridiana, es que crecen y se fortalecen los sectores de la sociedad civil que comienzan a exigirlo: el problema es el Poder.
Fuente: Noticiero Digital  
IMAGEN: La Carta desde Venezuela
 
Remisión y comentario:
Señores, busquen el articulo de Antonio Pasquali, en El Nacional de ayer, en donde llama a la aplicacion del 25; 333 y 350 de la Constitución.  Complementa esto. Igual busquen el libro de Mirtha Rivero "La Rebelión de los Naufragos", sobre la actuación de los Notables, en la caída de CAP y la entronización del gorila.

JF 

martes, 30 de noviembre de 2010

Cunde el terror en Miraflores // Por: Antonio Sánchez García


Cunde el terror en Miraflores

El Senado español acaba de dar un paso trascendental: aprobar la llamada Declaración de Caracas para, con ella oficializada como documento legalizado por las Cortes, presionar al gobierno de Zapatero en sus relaciones con Caracas. Junto a la de Juan Manuel Santos y Makled, su testigo estrella, otra espada sobre Miraflores. Por ahora, que ladren los perros. Ya veremos si muerden.

Que las solitarias declaraciones de un desterrado pongan a gritar a las focas amaestradas del presidente de la república y amerite de su parte el tronar de sus amenazas contra el único canal opositor del país, poniendo una vez más al desnudo el talante despótico y dictatorial del régimen, demuestra el pánico que empieza a cundir en Miraflores. De nada ha servido el compromiso de Juan Manuel Santos de asegurarle a su nuevo “amigo íntimo” el envío del testigo estrella de la fiscalía norteamericana en un eventual juicio contra la élite de la fuerza armada venezolana llevada a tribunales para responder por delitos de narcotráfico y contubernio con el narcoterrorismo.

No es, por cierto, un terror ilusorio ni corresponde a pura imaginación de la ya muy sensible esquizofrenia presidencial. Corresponde a una brutal realidad: si Makled tiene efectivamente todas las pruebas de que se jacta, y está dispuesto a entregarlas a la justicia norteamericana antes de que transcurran los eventuales 18 meses de la decisión de la Corte Suprema colombiana respecto de su definitiva extradición, constituye sin duda una presa infinitamente más valiosa para el departamento de justicia norteamericana que en su tiempo Noriega o el mismo Fidel Castro. Aquel fue secuestrado para llevarlo a juicio en territorio norteamericano. Éste debió fusilar a dos víctimas propiciatorias para sacudirse el riesgo de terminar en Manhattan.

Para apreciar el significado real de las declaraciones de Guillermo Zuloaga, asilado en los Estados Unidos por razones de la persecución política que se le sigue en nuestro país y que las estentóreas declaraciones de dos ex periodistas y parlamentarios no vienen más que a reafirmar, hay que tener en cuenta el carácter de virtual secuestro en que se encuentra el presidente Chávez del presidente colombiano Juan Manuel Santos.

Pues si le asegura cumplir su palabra y entregarle a la ansiada presa, recuerda que antes debe contarse con la decisión de la Corte Suprema colombiana y que tal decisión puede tardar dieciocho meses. Para complementar el real significado de ese lapso, su embajador en Washington garantiza, simultáneamente, que Makled estará a la libre disposición de las autoridades norteamericanas. Consecuencia final: cuando Makled llegue a Venezuela puede que sea un bagazo sin ninguna significación político jurídico. Y peor aún: que los tribunales norteamericanos hayan agotado la reunión de datos y pruebas contra parte muy importante de la elite gobernante venezolana.

¿Puede el presidente de la república cerrar Globovisión en esas circunstancias de apremio y secuestro sin desatar los demonios, nacional e internacionalmente? ¿Puede apresurar la toma de decisiones de naturaleza represora y golpista teniendo la espada de Makled sobre su cabeza? ¿O está condenado a mantener las apariencias mientras no termine por encarcelar al peor y más peligroso testigo de cargo de su historia?

El Senado español acaba de dar un paso trascendental: aprobar la llamada Declaración de Caracas para, con ella oficializada como documento legalizado por las Cortes, presionar al gobierno de Zapatero en sus relaciones con Caracas. Junto a la de Juan Manuel Santos y Makled, su testigo estrella, otra espada sobre Miraflores. Por ahora, que ladren los perros. Ya veremos si muerden
Opinión
Antonio Sánchez García
Fuente: Noticiero Digital.com

lunes, 13 de septiembre de 2010

VOTA ROJO, BOTA SANGRE // Por: Antonio Sánchez García

¿Cómo conciliar ese 90% de preocupación por la inseguridad con ese 40% de respaldo a quien es su máximo responsable? O mienten las encuestas, o ese 40% está constituido por desalmados. Si tras estos doscientos años de república los asesinos son vitoreados y seguidos, es que moral y luces  siguen siendo nuestras primeras y grandes necesidades. Tocar los huesitos de Bolívar es un comedia siniestra, malversar su nombre, un crimen. Vota rojo, bota sangre. O despierta de una buena vez y vota por la vida.
Antonio Sánchez García
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Esta muerte que nos acompaña de la mañana a la noche.  
Cesare Pavese
VOTA ROJO, BOTA SANGRE


Ríos de sangre: en este océano tinto de sangre han terminado las promesas que nos trajo la Venezuela de los coroneles. Prometieron la isla de la felicidad. Y han cumplido su palabra a cabalidad: somos el remedo, la farsa, la trágica transfiguración de lo que un día fuera una esperanza  revolucionaria convertida en un caudaloso mar de muerte y desolación. 150.000 venezolanos asesinados. Sepa Dios cuántos cientos de miles de heridos a bala, a cuchillazos, a machetazos. Las cifras son aterradoras: casi veinte mil asesinados en el 2009. Casi sesenta mil heridos por disparos de armas de fuego que pretendían cegarles la vida. Si por la inmensa tribu de asesinos que pueblan nuestras calles hubiera sido, hubiéramos tenido en un año muchos más muertos que cualquiera de las guerra del nuevo siglo. No un mar de felicidad: un océano de lágrimas. No una isla paradisíaca: un cuero seco de devastación y muerte. ¿Dónde está represado ese sufrimiento? ¿Dónde el dolor de quienes perdieron a sus hijos, a sus esposos, a sus hermanos, a sus padres por el deslave de rencor y resentimiento que brotara desde el fondo tenebroso  de la maldad venezolana, promovida con inmenso éxito desde las máximas alturas del Poder?

Que aún después de tanto desprecio por la vida, de tanto resentimiento y tanta iniquidad el Sr. Seijas reporte una mayoría de respaldo para el responsable de esos asesinatos y que encuestadores que, contrariamente a lo que con él sucede, nos merezcan cierta confianza, le den un apoyo que fluctúa entre el 30 y el 45% de la población de votantes, constituye una estremecedora radiografía de la profunda enfermedad moral que aqueja a la república. No es para envanecerse el constatar que millones de venezolanos con los que compartimos nuestra cotidianidad sientan el menor aprecio por la vida y promuevan gozosos el vicio, la maldad, la corrupción, la horrorosa carencia de escrúpulos de los gobernantes.

¿Cómo conciliar ese 90% de preocupación por la inseguridad con ese 40% de respaldo a quien es su máximo responsable? O mienten las encuestas, o ese 40% está constituido por desalmados. O por minusválidos intelectual y éticamente menesterosos. A estas alturas de la tragedia, luego del asesinato en vivo y en directo de un humilde productor agropecuario arrastrado a la muerte por un vicepresidente de la república, una Fiscal General de la República y por una Defensora del Pueblo, por un Ministro de Defensa y todas las autoridades que pudieron evitar su muerte y la aceleraron bajo órdenes del propio presidente de la república, aún respalden a quienes nos hunden en el abismo, habla mal, muy mal de nosotros los venezolanos. Debiéramos sentir una profunda vergüenza por nosotros mismos.

Si tras estos doscientos años de república los asesinos son vitoreados y seguidos, es que moral y luces  siguen siendo nuestras primeras y grandes necesidades. Tocar los huesitos de Bolívar es un comedia siniestra, malversar su nombre, un crimen. Vota rojo, bota sangre. O despierta de una buena vez y vota por la vida.


IMAGENES: Alberto Rodríguez Barrera

OTROS BLOG EDITADOS POR SAMMY LANDAETA MILLÁN

PRENSA ESCRITA

FRASES CELEBRES

FRASES CELEBRES
FRASES CELEBRES contiene una recopilación muy completa de las mejores frases y citas célebres de la historia clasificadas por temáticas y autores, además de un buscador de frases célebres dentro de la web. Haga click en la imagen, por favor. Gracias.

10 DE DICIEMBRE.DIA DE LA FAV // Por: Sammy Landaeta Millán

10 DE DICIEMBRE.DIA DE LA FAV // Por: Sammy Landaeta Millán
Hoy 10 de Diciembre de 2010 es el día de la FUERZA AÉREA VENEZOLANA -FAV- Paladín del Espacio Soberano; y en el marco de la celebración del 90° Aniversario de su creación, acaecida el 10 de Diciembre de 1920, DENUNCIAMOS, RECHAZAMOS y NO ACEPTAMOS el cambio de fecha, hacia el 27 de Noviembre promulgado por el SOCIALISMO VANDÁLICO que pretende imponernos el COMUNISMO en Venezuela, amparándose en el ejercicio de una NARCO DICTADURA CONSTITUCIONAL que hoy desconoce el 10 DE DICIEMBRE. DÍA DE LA FAV. Para seguir leyendo haga click sobre la imagen........Gracias