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martes, 27 de agosto de 2019

Después de Venezuela, Cuba y Nicaragua. Por: EL NACIONAL.

Daniel Ortega, Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel

Después de Venezuela, Cuba y Nicaragua

Coincido con aquellos analistas que sostienen que el final del régimen de Maduro tendrá numerosas consecuencias en el plano internacional, que podrían examinarse en varios capítulos. Para la Bolivia gobernada por Evo Morales; para la Argentina a punto de regresar a las redes de corrupción de los Kirchner; para Lula da Silva, preso por corrupto; para el prófugo Rafael Correa; para el exhibicionismo populista de López Obrador; para las agrupaciones narcoguerrilleras como el ELN y las reagrupadas FARC; para distintos carteles de la droga de Colombia y Perú; para los socios de los circuitos dedicados al contrabando de combustibles, maderas, minerales, alimentos y medicamentos, que operan al otro lado de las fronteras con Brasil y Colombia; para los inescrupulosos que se enriquecen a costa del hambre de las familias venezolanas; para beneficiarios como Gustavo Petro; para el ramillete de sinvergüenzas que viajaron a Caracas desde distintas partes del continente para participar en los grandes banquetes, juergas y borracheras del Foro de Sao Paulo, los últimos días de julio; para los bandas que estafan, roban, secuestran, explotan y someten a quienes huyen del territorio venezolano, a menudo, sin una moneda en el bolsillo; para todos estos las cosas serán muy distintas, porque las arcas de Venezuela y los propios venezolanos dejarán de ser un botín que se reparte a diario.

No solo en el continente, también en otras partes del mundo habrá cuestiones que revisar, reordenar, investigar, eliminar, ajustar, impugnar o denunciar. Centenares de acuerdos, negociados, intercambios o tratos sin soporte legal, contrarios al interés nacional, violatorios de la Constitución y las leyes respectivas, que se hicieron con gobiernos o empresas de China, Rusia, Bielorrusia, Irán, Corea del Norte, Turquía, Vietnam, la India y algunos otros. Desde 1999 se han anunciado acuerdos, viajes de delegaciones, comisiones, intercambios, firma de contratos, obras diversas, creación de empresas y de proyectos de infraestructura, que no se hicieron, que se abandonaron al poco tiempo, que se interrumpieron o que se derrumbaron. ¿Podríamos tener tan siquiera una somera idea de cuánto han costado los viajes de Chávez, Maduro, centenares de ministros, miles de funcionarios, asesores, familiares, queridas, queridos, asistentes, amiguetes, guardaespaldas, niñeras, médicos, enfermeras, cocineros y más? ¿Tenemos derecho a saber a cuánto asciende el monto de los gastos incurridos por los constantes viajes de funcionarios venezolanos a Cuba? ¿O los de Padrino López a Rusia? O, a la inversa, ¿será posible investigar y saber cuánto han costado a la nación venezolana las visitas de las Marta Harnecker, los Juan Carlos Monedero, los Maradona, los Danny Glover, los Ramonet, las Hebe de Bonafini, las Eva Golinger y otros varios centenares de parásitos comunistas, usufructuarios de la industria petrolera venezolana?

A esto voy: realmente no tenemos una idea de la extensión y profundidad del modo en que se han dilapidado los bienes y los recursos venezolanos. Becas, donaciones, viáticos, ayuda, boletos aéreos, pagos de hoteles, de restaurantes, asesorías, contribuciones para los más diversos fines, alcanzan una cuantía única en el mundo: miles de millones de dólares. La destrucción del patrimonio nacional no se limita a los grandes hechos de corrupción: también se ha producido un desangramiento constante a través de estas prácticas burocráticas y frecuentes que, en otra escala, también son corruptas y abusivas.

En cuanto se produzca el final de la dictadura, no solo saldrán a la superficie los hechos menos visibles de la gigantesca operación de robo que es y ha sido la revolución bolivariana. También se producirá la aceleración del derrumbe de las otras dos dictaduras comunistas que se mantienen en Centroamérica: la de los hermanos Castro en Cuba –ahora mismo atendida por uno de sus funcionarios más serviles, Miguel Díaz Canel–, y la que encabezan Rosario Murillo, Daniel Ortega y el resto de los miembros del cartel Ortega-Murillo en Nicaragua.

La relación del chavismo-madurismo con Cuba se constituirá en el más abundante capítulo de la corrupción en estos veinte años. Probablemente no hay en la historia del mundo un caso semejante: que el poder gobernante de un país tenga como su principal política económica la de trasvasar, a través de toda clase de mecanismos, algunos de ellos abiertamente ilegales, la mayor cantidad de recursos financieros que sea posible.

Porque no se trata solo del regalo en crudos y combustibles. Eso es una parte, la operación más escenográfica de todas, que nos impide ver las demás. Chávez y Maduro le han entregado al castrismo el control y cuestiones clave relativas a la seguridad nacional, operaciones empresariales, importaciones, recursos ingentes a cambio de servicios o asesorías que no existían, se han financiado la reparación o reconstrucción y hasta la construcción de obras de infraestructura, que se disfrazaban en partidas de inexistentes proyectos de mantenimiento de autopistas, carreteras, escuelas y hospitales en Venezuela.

En una medida menor, pero haciendo uso de técnicas semejantes, el régimen, otra vez con dineros nacionales, de forma inconsulta, ilegal y secreta, ha financiado la dictadura de Murillo y Ortega, ha enviado escuadrones para reprimir y disparar a sus ciudadanos, ha creado mecanismos para lavar los dineros productos de la corrupción, ha sido impulsor de políticas semejantes para destruir los medios de comunicación y liquidar el derecho ciudadano a estar informado.

Primero se acabará la dictadura en Venezuela. Y, una vez que el menguado goteo de recursos se acabe de una vez por todas, le seguirán las de Nicaragua y Cuba.

FUENTE: EL NACIONAL 

IMAGEN SUPERIOR: Por cortesía de Radio Televisión Martí 


jueves, 27 de diciembre de 2018

Y EL ALMA LLANERA PA’ CUANDO. Por: T/Cnel. (GNV) Stanislaw Dubis Castillo. #Opinión #Venezuela




Y EL ALMA LLANERA PA’ CUANDO


El festín de la triste Venezuela, está por cumplir sus 20 largos años. Dos generaciones desde el punto de vista sociológico. Actores activos, destructores de cualquier vestigio de decencia ciudadana y patriota y actores pasivos, que hemos mirado impávidos como se ha ido el país, el futuro y la decencia, hemos tenido cabida en ese escenario.

Escritos, opiniones, artículos, tratados, mensajes, tuits, y cualquier plataforma válida para expresar y plasmar opiniones ha sido utilizado por personas muy disímiles, desde el más simple y sencillo “opinador”, hasta reconocidas figuras de elevada talla moral, intelectual y ciudadana. Todos, con diferentes matices y criterios han analizado las causas y el por qué estamos en Venezuela en la encrucijada donde el país se encuentra. Casi todas esas opiniones son acertadas, inclusive, las de páginas del sistema, como “Aporrea” emiten sus criterios acusadores.

Calificamos esta orgía de derroche nefasto, de corrupción, de pérdida de valores y destrucción sistemática de la Institucionalidad como festín, porque todo vestigio de decencia ha sido apartado por los asaltantes del poder en el país. Su actuación raya en lo más obscuro de la obscenidad administrativa. La bajeza de sus principios es imposible que llegue más al fondo de donde se encuentra hoy día. Todo ello avalado y en complicidad con el estamento militar de cualquiera de sus componentes. Pareciera que la competencia entre los “gobierneros” es ver quien es más cínico o quien lo puede hacer peor. Todo eso ha sido sesuda y fríamente analizado y estudiado durante todo este lapso. Causas y consecuencias. Sin duda alguna, que el G2 cubano, con 60 largos años de experiencia, ha aplicado su maquiavélica receta en nuestra tierra, mire usted, con éxito.

Por allá en los años 70, alguien con esa creatividad propia y característica del Venezolano, decidió que en vez de decirle a sus invitados que la reunión, fiesta o sarao que brindaba, había llegado a su fin, era mejor colocar nuestro segundo Himno Nacional, el Alma Llanera. Esa idea se hizo costumbre en todo el país. Chocante tal vez, por el uso que se da a esa hermosa pieza musical que nos identifica, pero al fin y al cabo, una manera de decir: La fiesta terminó.

Ante lo impredecible e inestable del futuro venezolano, donde nos acostamos sin vislumbrar la certeza de un amanecer mejor, y ante esa diversidad de criterio y opiniones analizadas, nos podríamos preguntar: será posible ponernos de acuerdo para colocarle el Alma Llanera a este festín de oprobio.

Será para el 10 de enero del 2019, o pa’ cuando será el Alma Llanera?

T/Cnel. (GNV) Stanislaw Dubis Castillo

26/12/2018


IMAGEN SUPERIOR: Por cortesía del DIARIO AVANCE 


martes, 12 de junio de 2018

La Universidad agoniza. Por: Pablo Aure @pabloaure #Opinión #Venezuela


¡Hasta cuándo!
La Universidad agoniza
@pabloaure
Lo que narraré en la columna de hoy, lo haré desde el corazón del universitario que le ha dedicado más de la mitad de su vida al servicio de la Universidad de Carabobo. Estudié pre y postgrado en sus aulas, me duele demasiado lo que nuestra alma máter está padeciendo.
Fui testigo de las partidas hacia el exterior de profesores que iban a cursar estudios de cuarto y quinto nivel en distintos países y todo lo pagaba la Universidad. Ellos regresaban para transmitir los conocimientos adquiridos en otras latitudes. No solamente era prestigioso pertenecer a al staff de trabajadores de la UC, también esos cargos eran envidiables económicamente. No distingo entre obreros, empleados ni docentes, con los sueldos de las universidades autónomas se podía vivir cómodamente, con dignidad, tener carro, casa y hasta pasear por el mundo. Eso es lógico concebirlo de esa manera, porque en la educación hay que invertir, ya que sus trabajadores son los formadores de ese futuro profesional que construye las naciones.
Periodo destructivo.
Desde hace dos décadas, la Universidad venezolana ha sido sistemáticamente atacada a través del ahogo presupuestario. La Universidad de hoy no es ni la sombra de aquella en la que nos formamos y comenzamos a laborar. El trabajador de ahora es un apóstol que entrega su tiempo y su vida a la noble misión de enseñar sin esperar recibir nada a cambio. Esto es literal. No recibe ninguna retribución económica, al contrario, trabajar en la Universidad en las actuales condiciones produce pérdidas. Es más lo que se gasta para llegar al sitio de trabajo, que lo que recibes por la jornada laboral; pero sin embargo, vemos  profesores, empleados y obreros llegar al campus universitario. Lo hacen por vocación y la pasión de seguir pensando en Venezuela.
El régimen que hoy hostiga a los venezolanos, se ha empeñado en acabar con la concepción autonómica y libertaria de la Universidad. Es enemigo del saber, de la investigación, de la pluralidad y de la confrontación de ideas, las cuales son características de cualquier institución  de educación.
Aceite y vinagre.-
Lamentablemente, la educación y las tiranías son como el aceite y el vinagre. Mientras más educado es un pueblo  es menos probable que sucumba ante los tiranos. Los pueblos educados son libres por antonomasia. Venezuela ha retrocedido con la llegada de este modelo llamado Socialismo del Siglo XXI.
Lo que no ha podido hacer el régimen con los recortes presupuestarios, lo está logrando el hampa con los constantes robos. Qué desgracia. Profesores con sueldos de hambre asisten a dar sus clases, pero si se roban los cables y no hay electricidad, difícilmente puede desarrollarse el acto docente a oscuras. Los laboratorios en nuestra UC han sido desmantelados y, con esas acciones, han destruido resultados de años de investigación. Las bombas de agua, los aires acondicionados, las antenas y equipos que dan conectividad al campus universitario fueron desvalijados. Nuestro Teatro Dr. Alfredo Celis Pérez, testigo inmortal de miles de graduaciones de profesionales de las siete facultades, hoy se encuentra inoperativo, porque contra sus bienes también han atentado. No hay espacio alguno que se haya escapado de las acciones vandálicas de los ladrones.
Las autoridades rectorales y decanales abordamos este tema de la seguridad todos los días de la semana, se han diseñado cientos de planes. Inclusive, hace algunos años se firmó un convenio entre la UC y el ministerio del interior. Algo inédito, permitir el ingreso de la fuerza pública al campus, cuestión que antes era inimaginable. Pero se realizó un referéndum en el que se le consultó a toda la comunidad “si estaba de acuerdo o no, con que los organismos de seguridad patrullaran y vigilaran las instalaciones de la UC” La aceptación fue abrumadora. Desde luego, cómo poder dejar esa extensión de 300 hectáreas de terreno  en manos de nadie, pues la UC no cuenta con presupuesto ni con vigilantes armados para enfrentar bandas delictivas. Pero además, es una obligación de los organismos de seguridad de acuerdo a la Ley de Universidades y a la Constitución, brindar protección al ejercicio de nuestros derechos. La educación es un derecho humano que este régimen golpea todos los días.
Dolorosa agonía
Con dolor lo digo, nuestra UC agoniza; no solo por los sueldos de hambre, sino por la indolencia gubernamental que nos niega la seguridad y quizá, hasta induce a los malhechores para que atenten contra los bienes universitarios.
Desde hace algún tiempo hemos notado crecer el nivel de deserción estudiantil, muchos se van del país, otros salen de sus aulas para dedicarse al trabajo informal. Indistintamente la causa de la deserción eso demuestra que no hay confianza en el futuro de Venezuela. Esto es muy grave. La Universidad debe transmitir optimismo y esperanza aunque el régimen se empeñe en desmoralizarnos. Pero no solamente nuestros estudiantes la abandonan o se marchan, sino que en todos los sectores laborales (docente, administrativo y obrero) también hemos notado muchísimas renuncias o permisos.
Ante este cuadro espeluznante no podemos quedarnos con los brazos cruzados viendo como torturan a nuestra alma máter. Recordemos que el régimen procura su muerte, tenemos que reaccionar y evitar que fallezca lo más preciado para la prosperidad de las naciones. La madre que nos nutre, agoniza: ¡salvémosla!

Pablo Aure             

domingo, 10 de junio de 2018

LUJO CHAVÍSTA: ASÍ VIVEN LOS RICOS DE VENEZUELA. Por: SERGIO DAHBAR @sdahbar #Venezuela #Lujos #Dolares #EtiquetaAzul #Yates #Aviones y #PUTAS


ASÍ VIVEN LOS RICOS DE VENEZUELA
 
AUTOR: 

A pesar de la crisis económica y alimentaria, hay una clase social en Venezuela capaz de consumir relojes de miles de dólares y de comer carnes traídas directamente desde Manhattan.

Sergio Dahbar se le midió a indagar sobre el tema del que nadie habla ni quiere hablar: cómo viven los ricos en Venezuela a cuerpo de rey y, casi de manera clandestina, sirviéndose de conductores y escoltas que les hacen mandados. Se fue a los restaurantes en donde corren botellas de Petrus y de Möet & Chandon. Llegó hasta donde los chavistas gastan fortunas con mujeres Miss Venezuela amparados en un ambiente en el que nadie los ve. Visitó los mercados en donde venden carne traída directamente de las mejores carnicerías de Manhattan. Estuvo en las tiendas de ropa que han organizado su negocio “a domicilio” para los miembros del gobierno que pagan, sin ruborizarse, cuentas de 20.000 dólares. Bienvenidos al lujo chavista.

Cada vez más siento que los venezolanos viven dentro de la película Casablanca (1942), de Michael Curtiz. Suena curioso, parece mentira, pero representa la más ruda realidad. Es la que conocen a diario muchos ciudadanos o extranjeros que llegan al país. Encuentran dos realidades que, para parafrasear a Gabriel García Márquez, parecen “dos nostalgias enfrentadas como dos espejos’’.

Casablanca siempre ha sido una ensoñación peligrosa: la idea de que en medio de una guerra atroz, con seis millones de judíos exterminados y países arrasados, un restaurant reúna a nazis, expatriados, traidores, líderes de la resistencia, negociantes de la peor calaña y colaboradores fascistas, vestidos impecablemente, como si estuvieran en una fiesta de la Costa Azul, no deja de ser un drama romántico bastante equívoco, porque banaliza el horror.
Como equívoco puede resultar hoy para un extraterrestre sentarse en un restaurant de lujo exótico y oriental en Venezuela y descifrar el entorno. No será fácil tal vez reconocer a políticos tradicionales de la “cuarta república’’ (como despectivamente llama el chavismo a los que los preceden), muy cerca de una “cometa’’ (un intermediario de esos que hacen negocio con los gobiernos de turno) que agasaja a dos funcionarios rojitos (del Gobierno) recién vestidos, de ojos brillantes y mordida fácil.
En esos restaurantes, llámense Sotto Voce, Aprile, San Pietro, Alto, en Caracas, o Gaia en Margarita, abundan técnicos internacionales de diferentes organismos multinacionales, con mujeres muy bellas que apenas abren la boca. En esos entornos corren botellas de Petrus como agua mineral o docenas de botellas de champaña Moët & Chandon, u otras marcas más exclusivas.
Todos los comensales la pasan muy bien, como en la Casablanca, de Humphrey Bogart, muy a pesar del rumor de la guerra que ha quedado oculto debajo de la alfombra y del que la Marsellesa es quizás el más noble de los signos evidentes.
Lo primero que debe aclarar este cronista es que esta realidad, que llamaremos propia de Casablanca en medio de la Segunda Guerra Mundial, solo puede ser disfrutada por una mínima población de Venezuela.
Las cifras de encuestas como Encovi, sobre las condiciones de vida de los venezolanos, que realizan tres universidades: UCAB (Universidad Católica Andrés Bello), UCV (Universidad Central de Venezuela) y USB (Universidad Simón Bolívar), demuestran que 80 % de los hogares se encuentran en inseguridad alimentaria.

Son datos fríos que erizan la piel cuando se observan con detenimiento: aproximadamente 8,2 millones de venezolanos ingieren dos o menos comidas al día, y las comidas que consumen son de mala calidad. Nueve de cada diez venezolanos no pueden pagar su alimentación diaria.

La mayoría no puede comprar comida o medicamentos con el sueldo que ganan, que es el mínimo (4 o 5 dólares). Por eso deben rebuscarse como pueden, y a veces recurrir a la basura para completar los alimentos que no tienen.
***
Khaled es el descendiente de una familia árabe. Llegaron a Venezuela tan limpios que no traían maletas, sino la suma de los recuerdos con los que habían abandonado las guerras de Oriente Medio. Su abuelo escapó por un segundo de que lo mataran a garrotazos de una tribu que lo confundió con un cristiano al que buscaban para linchar.

Venezuela fue el paraíso para su abuelo, pero podríamos afirmar que la suerte se repotenció para esta familia con el gobierno de Hugo Chávez. Este nietísimo tuvo la suerte de encontrar el negocio de su vida. Entendió que debía traer unos primos del Líbano para que hicieran business en el trópico.

Muchas familias árabes invitaron a sus familiares para que los visitaran en Venezuela. Ya en el país, compraban fondos de comercio (empresas) inactivas por la recesión económica. Y pedían dólares de Cadivi (Comisión Nacional de Administración de Divisas) para traer productos “estratégicos’’ para el país a través de esos fondos de negocio.

Las denuncias que investigó la Comisión de Contraloría de la Asamblea Nacional de Venezuela señalan que Cadivi asignó irregularmente cerca de 840.000 millones de dólares para traer mercancía que en muchos casos no llegó a Venezuela.

Qué ocurría. Se solicitaban a través de fondos de comercio diversos fertilizantes para el campo. Se otorgaban los dólares para comprar ese producto. Pero lo que se embarcaba en Estados Unidos era arena de las playas de Miami, que llegaban en contenedores que nadie abría en los puertos de Venezuela.
La máquina de producir dólares en el exterior era infinita, porque el dinero de la venta del petróleo en los años de la bonanza no se detenía ni de día ni de noche.
Khaled pagó 2000 dólares el fin de semana pasado para asistir al Partai Margarita Weekend, un festival de música electrónica que duró cuatro días en escenarios de Playa El Agua, isla de Margarita.
La 5ta edición de este megashow contó con DJ de la escena electrónica del mundo: Joseph Capriati, Marco Carola y The Martínez Brothers. No faltaron Joey Daniel, Serge Devant, Hugo Bianco, Jesse Calosso, Jean Pierre, Salomé, Andre Buljat, Rafa Moros, Diego Terán, Vainc, Abril Love, Jean Pérez, Demenzor, Rupert, Iont, y Protocluster.

En ese show se agotó el whisky JW Blue Label, uno de los preferidos del chavismo, que en una época gustaba disfrutar con agua Perrier. La botella costaba 500 dólares. Khaled quería impresionar a una amiga que acababa de conocer. En una noche larga tomaron en el grupo cinco botellas. Y corría el agua mineral como ríos para calmar el éxtasis de las masas.

Como dato curioso, ya los primos de Khaled regresaron a Líbano. Cumplieron con el cometido familiar. Poner el nombre para comprar productos que enriquecieron ilimitadamente a la familia. Uno de los tantos clanes árabes que se han convertido en multimillonarios con negocios corruptos que el Gobierno facilitó a cambio de comisiones exageradas. Los fondos de comercio han vuelto a quedarse inactivos, y los nombres de los propietarios que hicieron la perfecta trampa son imposibles de rastrear. Es la estafa perfecta, multiplicada como la hierba mala.
Uno de los margariteños que vendió su fondo de comercio, llamado Nassim, recibió a cambio una camioneta Toyota Fortuner. Una nave que jamás hubiera podido tener. Ahora la usa para llevar clientes al aeropuerto, como un taxi de lujo. Es todo lo que recibió del robo mayor.
***
Nunca imaginaron los hermanos Mendoza, miembros privilegiados de la clase media venezolana, educados en los mejores colegios del planeta, y amantes de la pesca, que esa pasión los convertiría en unos empresarios de éxito, en uno de los momentos más críticos de Venezuela.
Poseen uno de los bodegones (ya han abierto cuatro en Caracas) donde ricos, enchufados y chavistas compran productos imposibles para la mayoría de los venezolanos. Trozos de carne de primera, sellados al vacío, que vienen de las carnicerías más exclusivas de Manhattan, son adquiridos por guardaespaldas en carritos de automercado.

Cada kilo cuesta 100 dólares y hay carritos que salen con 50 kilos. También compran mayonesa de aguacate. Pasta italiana sin gluten. Sal del Mediterráneo. Anchoas ibéricas. Jamón serrano de Parma o de bellota. Bottarga italiana. Aceto balsámico espeso para rociar el helado de Venecia.

FOTOGRAFÍA: GUILLERMO SUÁREZ
Todas las veces que intenté comunicarme con los propietarios me mandaron a decir que preferían no conversar con la prensa. No daban entrevistas. La verdad es que nadie quiere hablar por miedo. O por temor a ser confrontado con una acusación moral.
Isaías Mojavi es de los que no temen, porque –asegura– no ha hecho nada ilegal. Su tienda de ropa y artículos de lujo, ubicada en uno de los centros comerciales que en otra época contenía todas las marcas de lujo del mundo, Tolon, vende camisas Kiton, chaquetas Brioni, encendedores Dupond y habanos Dunhill deluxe.
Lo saben los empleados de las tiendas cercanas: allí se visten los chavistas que están en el gobierno. Lo curioso es que nunca se dejan ver. Isaías ha organizado su negocio “a domicilio” para los miembros del Gobierno Socialista de Venezuela en sus oficinas, donde les toman las medidas y contratan la compra de trajes, chaquetas y pantalones, camisas, zapatos, relojes exclusivos, iPad de oro, yuntas con las banderas de Estados Unidos…
Hay cuentas que ascienden fácilmente a 20.000 dólares. En algunos casos son regalos cuidadosamente escogidos para pagar un negocio de corrupción que llenó de dólares a una cometa. Para que el funcionario vuelva a darle otra oportunidad de oro, se regalan encendedores de 5.000 dólares o relojes de 15.000 dólares.
***
Uno de los hombres de confianza de Rafael Ramírez, quien fuera presidente de PDVSA y ministro de Energía de Hugo Chávez, el hombre que manejaba el dinero de la familia Chávez, hoy caído en desgracia y perseguido, asistía regularmente al restaurant San Pietro, en la urbanización Las Mercedes, de Caracas. Su nombre se volvió conocido por sus costumbres extravagantes y lujos excesivos. Diego Salazar. Hijo de un guerrillero.
La nomenclatura chavista le entregó el manejo de los seguros de PDVSA. Un negocio multimillonario, sobre todo si se desarrolla irresponsablemente. A Diego Salazar lo vieron muchas veces con clientes en San Pietro. Los mesoneros recuerdan que tenía una curiosa costumbre.
“Observaba el reloj que tenía el cliente. Si era demasiado barato y sencillo, se lo pedía para verlo. Entonces sacaba de un maletín un aparato muy extraño, con el que destruía el reloj y lo dejaba inservible. En ese momento pedía una botella Louis Roederer Cristal Medallón Orfevres, Edición limitada Brut Millesime, diseñada por Philippe di Meo, cubierta con 24 quilates de oro. Descorchaba la botella y sacaba un reloj Hublot’’.
Así atendía Diego Salazar a sus clientes. “Este delfín de la corrupción rojita siempre quiso ser cantante y tenía una orquesta de 50 músicos para divertirse como si fuera una figura del espectáculo. Es un hombre que todos sus amigos conocen como alguien que no acepta un no como respuesta’’, repite un amigo de otra época de su padre…
Se antojó de un edificio en la urbanización del norte caraqueño, Campo Alegre. Visitó piso por piso a los propietarios y los convenció de que vendieran para poder ubicarse en cada piso. Un amigo me contó la conversación que mantuvo con este pichón de multimillonario.
Diego Salazar se presentó vestido de lino, impecable y recién bañado. Le ofreció comprar su apartamento. Mi amigo le agradeció el interés, pero le dijo que no estaba vendiendo. Salazar le pidió que no se apresurara. Que quizás hacían negocio. Mi amigo volvió a negarse. Y Salazar comenzó a subir la apuesta.
Hoy Diego Salazar es el único dueño de ese edificio de siete apartamentos. “Allí viven algunos de sus guardaespaldas, amigas y chefs que le cocinan cuando no asiste a los restaurantes más caros de la ciudad’’, confiesa uno de los propietarios que vendió su apartamento por el doble de lo que indicaba el mercado.
Diego Salazar cerraba en su época dorada uno de los restaurantes más caros de Las Mercedes, a partir de las doce de la medianoche. Le pagaba fortunas a los dueños para que mantuvieran la cocina habilitada.
“Traía seis misses, que habían concursado en el Miss Venezuela, para que sirvieran a sus invitados, con los pechos desnudos. Corría la champaña hasta las seis de la mañana. Algunos invitados perdían el control y se ponían a bailar con las muchachas. Parecía una orgía’’, me confesó un mesonero que ya no trabaja en el restaurant.
***
“La isla de Margarita es una perla en el Caribe’’. Así reza el lugar común. Pero es una joya que no escapa a las falencias de tierra firme. Ubicada a 40 kilómetros al norte del continente, tiene mil kilómetros de superficie y una de las infraestructuras más desarrolladas de las islas del Caribe. Centros comerciales, hoteles de lujo, playas preciosas y autopistas…
Pero la realidad también en el único estado insular del país, llamado Nueva Esparta, se divide entre muchos ciudadanos que sufren una pobreza extrema y dificultades para conseguir alimentos y medicinas. Y pocos que viven a cuerpo de rey.
Gaia era un restaurant italiano emblemático de la isla. Uno de los diez más reconocidos por las guías que recomiendan cocinas exclusivas. En sus mesas eran atendidos miembros reconocidos de la oposición y del gobierno, en un guiño del destino al ambiente de Casablanca. Encontrar una mesa en temporada alta era muy difícil. Las colas para poder sentarse podían esperar horas.
Pero algo ocurrió en diciembre pasado. Gaia cerró sus puertas y abrió en un local más grande (caben 150 personas), en la planta baja del hotel Venetur (antes Hilton), que Hugo Chávez expropió de manera arbitraria y violenta.

Uno de sus viejos clientes me respondió con cierto desaire cuando le pregunté por la nueva Gaia. “No voy más a Gaia. El Gobierno financió esa expansión para tener un sitio donde almorzar sin que los vean gastar. Allí van los chavistas ahora, que se sienten a gusto. Gastan fortunas amparados en un ambiente en el que nadie los ve. Yo no voy a ese lugar’’.

Tuve que caminar por el lobby del hotel Venetur para llegar a Gaia. Enormes fotos del presidente Chávez, mensajes de amor revolucionario, y una estética que no se parece en nada al socialismo que uno alguna vez conoció, precede los pasillos que conducen a una entrada de lujo y diseño exclusivo.
Gaia hoy es un restaurant lujoso, muy diferente de la taberna sencilla y discreta que estaba llena de comensales en una de las calles concurridas del centro de Porlamar. Tiene algo de formalidad y pretensión, que uno en principio no relacionaría con la verborrea del chavismo cercano al pueblo. Este es un restaurant al que el pueblo no puede ni acercarse.
Úrsula Pernía, la propietaria, trabaja endemoniadamente para que todo se encuentre en su lugar. Dirige un batallón de empleados, colaboradores, mesoneros y técnicos ocasionales… No pierde de vista ningún detalle: el agua que reciben en exceso o limitadamente las matas, las manchas que aparecen en un sofá o la grieta que abre un candado al caerse en el piso de cerámica.
Cuando está ocupada, Úrsula no le gusta que la molesten. Menos con preguntas incómodas sobre lo que dicen sus amigos ahora que mudó su restaurant al vientre de la revolución en Porlamar, allí donde muy pocos pueden pagar los precios de sus exquisitos platos, que utilizan la berenjena, la botarga, el aceite de oliva, la sardina, el peperoncino, las alcachofas, la pasta casera, la langosta y otros frutos de mar, el ossobuco
Piensa que la gente que ha dejado de ir volverá. Porque las cosas son más complejas que acusar a un sitio de algo porque se mudó a determinado domicilio. Pareciera esperar que las cosas vuelvan a su cauce, en un país donde casi nada pareciera haber retomado la normalidad que alguna vez tuvo.
A medida que trascurren las horas, comienzan a llegar los clientes que han reservado al mediodía. Llegan militares con empresarios, asisten familias que celebran un cumpleaños. La ropa, las carteras, los zapatos impresionan. Cuestan fortunas.
No deja de ser paradójico en un momento tan crítico que ese hotel, ahora bolivariano, ahora más “soberano’’ que nunca, contenga un restaurant y unos comensales que pueden gastar tanto dinero ostensiblemente.
***
En uno de los centros comerciales más conocidos de la isla de Margarita, Sambil, hay un local lateral a la estructura de los comercios llamado Green Martini. Es un bar exitoso, que en las noches puebla de camionetas Toyota blindadas color blanco el estacionamiento.
Es uno de los centros nocturnos más codiciados de la isla por los cadiveros (nombre acuñado por los negocios irregulares de Cadivi), los enchufados, los boliburgueses, en fin, gente que ha hecho y sigue haciendo negocios con el gobierno.
Me acompaña uno de los empresarios históricos de la isla. Observamos con cierto asombro el volumen de consumo de mesas (champaña, ginebra, whisky, ron) como si el país viviera una fiesta de abundancia ilimitada. Los tragos son caros, las botellas muy costosas, las cuentas suman cantidades de dólares imposibles de pagar para alguien que gana un salario medio o alto.
“Esta es una generación sin moral. Quieren hacer dinero a cualquier costo y no les importa si afuera la gente (pueden ser sus empleados) sufre una vida miserable. Es posible que mañana todo cambie y esto siga igual. El dinero no entiende de solidaridad’’, me dice este empresario que ha aceptado acompañarme sin demasiado entusiasmo, más como una gentileza con un visitante.
***
Quien visite Venezuela debe prepararse para enfrentar una realidad inexplicable. Más allá de la ética y la moral de cada quien, no deja de asombrar un contraste tan brutal, tan alejado de palabras en desuso como misericordia, piedad, compasión. El sufrimiento de muchos y la ostentación de pocos produce una realidad compleja, abismal, cercana a la desazón. Cada día que pasa la mano de Dios pareciera estar más lejos.
No dudo que en Venezuela, uno de los países petroleros más importantes del planeta, se consigan las mejores bebidas alcohólicas, los platos más sabrosos, apartamentos de 3 millones y 4 millones de dólares en zonas exclusivas, automóviles de alta gama (como gustan hablar los vendedores), las ropas más lujosas y extravagantes, los habanos más venerables del Caribe, viajes a paraísos en jets privados.

FOTO: GUILLERMO SUÁREZ

La publicidad que conmueve al mundo sobre la emergencia sanitaria y alimentaria, sobre la diáspora que desangra al país, convive con el derroche abrumador de un grupo privilegiado que tiene acceso a dólares baratos y los derrocha a mano suelta.
Que tantos millones de dólares que entran por concepto de venta de petróleo no sirvan para equiparar las cargas, que no permita la posibilidad de una salud para aliviar los males de todo el mundo, que no alimente a la gente como se debe, que mantenga a la población en un estado de secuestro cotidiano porque sus calles son peligrosas, abre el espacio para una reflexión mayor.
Venezuela dejó de ser un país cierto, para convertirse en una caricatura donde unos señores que hacen negocios turbios viven como jeques. Pueden hacerlo. Tienen todo al alcance de la mano. Son los frutos terrenales de la corrupción.
SERGIO DAHBAR  @sdahbar  
EDICIÓN 133 - MARZO/ABRIL 2018

jueves, 29 de marzo de 2018

Requiem en memoria de Petróleos de Venezuela. Por: Gustavo Coronel. OPINIÓN #PDVSA #Venezuela



Requiem en memoria de Petróleos de Venezuela. 


Por: Gustavo Coronel



jueves, 29 de marzo de 2018


These our actors,

As I foretold you, were all spirits and

Are melted into air, into thin air;

And, like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp'd towers, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea, all which it inherit, shall dissolve,
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff 
As dreams are made on…..
Prospero, THE TEMPEST, Act 4, Scene I, William Shakespeare

Mi traducción:
Estos actores nuestros, te lo dije, eran todos espíritus convertidos en aire,
 Solo en aire sutil
Y, como la materia sin sustento de esta visión, las torres en las nubes, los Hermosos palacios, Los solemnes templos y el mismo globo,
Todo lo que heredamos se evaporará
Sin dejar el más pequeño rastro.
Somos apenas el material del cual se hacen los sueños….

Próspero, Acto IV, Escena I. LA TEMPESTAD, William Shakespeare

Para concebir la nacionalización de la industria petrolera se arroparon con la bandera nacional. Fue un acto de machismo. Se preguntaban: ¿Si otros países tienen una empresa petrolera nacional, por qué nosotros no? Podrían haber estado hablando de una línea aérea bandera (VIASA), de una flota de barcos (CVN), ambas creadas por la misma razón patriota o patriotera, ambas fallecidas hace tiempo. El mundo político dijo: Un país petrolero debe tener una empresa petrolera y ella debe ser la única que maneje el tesoro. El petróleo es nuestro, era el grito unánime. De nada valió que algunos dijéramos, en su momento,  que para ejercer efectivo control no era necesario tener empresa propia o  el monopolio de la actividad.  Lo más que se logró fue un artículo, el vituperado Artículo Quinto, que abría una pequeña puerta de asociación con empresas extranjeras, el cual fue definido como traición a la patria por mucho del mundo político. Por haberse incluido este artículo  la “nacionalización” fue definida como chucuta. El tiempo se encargó de poner las cosas en su sitio y mostró que estas asociaciones eran el pan nuestro de cada día en una actividad internacional. Hasta los más rábidos ultra patriotas las han utilizado, aunque el chavismo las ha tenido solo para tratar de sacarles dinero a los Rusos y a los Chinos, sin que conduzcan a un desarrollo petrolero real.  
De nada valió que en el momento en el cual se tomó la decisión  ya el estado capturaba un 85% de los ingresos, sin que él tuviese que invertir en el negocio, por lo cual lo que se terminó “nacionalizando” fue el riesgo.
Ello le fue advertido a quienes tomaron la decisión, pero la nacionalización petrolera no fue una decisión basada en cálculos económicos sino políticos.  Fue un asunto de soberanía, entendida como “lo mío lo manejo yo y nadie más que yo”.
 Y así fue. Durante unos 5 a 6  años  se dio el milagro de que el mundo político dejase a Petróleos de Venezuela hacer su trabajo sin interferencias. Fue un milagro hecho posible por el inmenso prestigio de Rafael Alfonzo Ravard, unos de los escasos mandarines que ha tenido nuestra función pública. Su presencia en PDVSA creó, por cierto número de años, el dique que contenía las apetencias del sector político sobre la industria que generaba dinero, es decir, poder.   En la década de 1980 se comenzaron a ver las fisuras, se terminó la luna de miel entre PDVSA y el país político. El éxito de la empresa pareció indicarles a los miembros del mundo político que eso de producir y vender petróleo no era asunto tan complicado. Hubo quienes dijeron que “el petróleo se vendía solo”. A medida que le empezaron a perder el temor reverencial al General Alfonzo Ravard y a los tecnócratas  los políticos más osados comenzaron a criticar a PDVSA: “Esos gerentes ganan mucho dinero”, decían algunos copeyanos. “Toman champaña a  bordo de sus aviones”, decían algunos adecos. “Los gerentes petroleros son apátridas”, acusaban los ñángaras. Comenzó una actividad de penetración política en PDVSA que culminó, durante la presidencia de Luis Herrera Campins,  con la confiscación del Fondo de Inversión que PDVSA requería para sus inversiones de capital y mantenimiento. La politización de PDVSA fue un proceso insidioso, persistente, sin vuelta atrás. El sueño de los gerentes y técnicos petroleros de lograr que la administración pública venezolana se contagiara con los buenos hábitos de PDVSA se revirtió y PDVSA se fue contagiando con los malos hábitos de la administración Pública. No era lógico esperar que el pez chico se comiera al pez grande. A pesar de la importancia de PDVSA para la economía del país, PDVSA era una empresa de un relativamente bajo número de empleados, mientras que la Administración pública era un gigante desordenado que engullía todo lo que encontraba a su paso.     
Una temprana muestra de lo absurdo de tener una empresa petrolera estatal de naturaleza global se refería a los salarios. Mientras los gerentes de PDVSA ganaban $2500 o $3000 al mes, sus contrapartes de Shell o Exxon ganaban $15-20000 al mes, más bonos y participaciones accionarias. Sin embargo, estos gerentes de PDVSA eran criticados por gente tan influyente como Gonzalo Barrios por ganar “obscenas” cantidades, mientras sus contrapartes en el Ministerio apenas ganaban unos $600 al mes. En este drama nadie realmente tenía la culpa pero nadie era justamente tratado. “¿Cómo podía un gerente petrolero ganar más que un ministro?, se preguntaban los políticos. El desequilibrio era un producto del absurdo de tener una empresa del Estado compitiendo en la arena internacional pero sujeta a los reglamentos de una mediocre y politizada administración pública.
Cundo Hugo Chávez llegó a la presidencia ya PDVSA mostraba claras señales de deterioro. Tenía más empleados de los necesarios, sus directivas eran seleccionadas con criterios predominantemente políticos. Aunque la meritocracia no había fallecido del todo,  ya los niveles altos de la gerencia eran ocupados preferentemente por los gerentes simpatizantes del partido de turno.  El presidente de PDVSA se perfilaba como candidato a la presidencia del país, lo cual era clara señal de que algo no andaba  bien.
Sin embargo, nadie imaginaba lo que se le vendría encima a PDVSA. Chávez necesitaba el dinero petrolero para “hacer” su revolución, no para desarrollar al país. Dijo: “Primero atiendo lo político, después lo económico”. Para ello requería del control sobre PDVSA y ni Giusti ni Mandini se lo iban a permitir. Por ello montó allí a un bate quebrado llamado Ciavaldini. Lo remplazó al poco tiempo por un militar, Lameda, quien resultó ser institucionalista, no un títere de Chávez. Y por ello fue despedido. Entonces llegó la debacle con Gastón Parra, un profesor marxista quien nunca había visto un taladro, excepto en fotos. La reacción de los gerentes petroleros no se hizo esperar. Su protesta se convirtió en un masivo movimiento cívico que obligó a Chávez a pedir la represión a sus jefes militares, quienes rehusaron y lo sacaron del poder. Un general, hoy embajador en Portugal, le pidió la renuncia, “la cual aceptó”. Después de su retorno, apuntalado por el general Baduel, regresó decidido a vengarse de los tecnócratas petroleros y a saquear a PDVSA. El y su mensajero, Maduro, nombraron la macabra línea de presidentes que la destruiría: Ali Rodríguez Araque, Rafael Ramírez, Eulogio del Pino, Nelson Martínez, Manuel Quevedo, gente deshonesta e incompetente.
Ellos, sobre todo los tres primeros, promovieron una corrupción nunca vista en Venezuela. Desviaron los ingresos de PDVSA hacia fondos paralelos sin transparencia, importaron comida podrida a groseros sobreprecios, alquilaron gabarras inservibles para ganar obscenas comisiones, contrataron con familiares y amigos, convirtieron a PDVSA en una empresa lavadora de dinero, permitieron que los sectores militares se apoderaran – a través de sus empresas fantasmas -  de una buena parte del mundo de las contrataciones petroleras a fin de repartirse a PDVSA entre el chavismo y la Fuerza Armada. Hicieron de PDVSA un refugio de reposeros y enchufados que ha llegado a tener cinco veces más empleados de los que necesita, dedicaron la empresa a criar cerdos, a sembrar sorgo, a hacer casas mal hechas, a vender pollos, todo lo cual la desnaturalizó como empresa petrolera.
El resultado no se hizo esperar. Especialmente desde 2007 en adelante la empresa se vino abajo, aún en momentos en los cuales el barril de petróleo había llegado a altísimos niveles. Nada era suficiente para la codicia de la obtusa nómina gerencial petrolera y los sátrapas en el poder político. Destruyeron la empresa, la quebraron financieramente llevando su deuda a unos $80.000 millones, la llevaron a producir la mitad de lo que producía al llegar Chávez al poder, arruinaron sus refinerías, ordenaron barcos que nunca llegaron a navegar, permitieron miles de derrames petroleros en toda la geografía venezolana, se aliaron con empresas de medio pelo para “desarrollar” la Faja del Orinoco, barrieron el piso con el nombre de la empresa en el mundo petrolero y la hicieron sinónimo de mediocridad y carencia de honorabilidad en sus negocios.
Así como prostituyeron el nombre de Bolívar apropiándoselo para su “revolución” y destruyeron al Bolívar, la moneda, así corrompieron de tal manera el nombre de PDVSA que ese nombre rueda hoy por los pantanos más pestilentes del mundo financiero y petrolero. 

Petróleos de Venezuela no es recuperable. Es un nombre destruido, sin “good will” en el mundo petrolero. Una nueva Venezuela debe implantar un nuevo modelo de gestión petrolera, después de haber aprendido amargas lecciones. Una, que el patrioterismo lleva al desastre. Dos, que el Estado casi nunca es apto para la actividad económica. Que los venezolanos que clamaban con estridencia por la “nacionalización” petrolera fueron de los primeros en saquearla, en ver su tragedia con indiferencia y en  guardar silencio cómplice ante el desastre. Tres, que Venezuela requiere un estado pequeño, eficiente en su supervisión de actividad privada pero no empresario.
PDVSA debe ser enterrada junto con los mitos del estatismo, de la soberanía mal entendida, del patrioterismo, del orgullo desbocado, de la arrogancia de los líderes mediocres, del culto a la personalidad, del caudillismo incompetente y bocón.
Y, para la PDVSA que se creó con loables propósitos y que luego fue martirizada y asesinada por una horda salvaje, le pedimos al piadoso señor:
Pie Iesu Domine, dona eis requiem
Dona eis requiem sempiternam


IMAGEN SUPERIOR:Por cortesía de:  800 Noticias

REMISIÓN: Eddie A. Ramírez S. 



ATERRIZAJE EN VILA TEPEQUÉM, BRASIL. Por: Coronel ® (FAV) Sammy Landaeta Millán. Anécdota FAV. Venezuela

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